En
esta edición dedicada a los jóvenes tengo una pregunta
para todo adolescente: ¿Sabes, sin duda alguna, que Dios
te ha llamado a servirlo? La respuesta a esa preguntas es una
de las cosas principales que mantendrán tu vida sellada
con su protección. El reconocer que Dios tiene un propósito
para tu vida es una de las cosas que te ayudarán a permanecer
en él durante esos momentos.
Desde que tengo
ocho años de edad supe que DIOS tenia algo especial reservado
para mi vida. Fue a esa edad que recuerdo haber hecho una entrega
personal a Jesucristo y fuí bautizado en agua. Mis hermanos
y yo acompañábamos con mucha frecuencia a mi papá
a los pueblos para predicar. Fue en una de esas reuniones que
supe, sin lugar a dudas, que Dios me había llamado para
Su servicio. Me arrodillé al lado de un barco de madera
para decirle al Señor " Heme aquí. Quiero servirte"
Cuando regresé
a la casa, recuerdo haberle dicho a alguien de los que estaban
ahí, " Esta noche, Dios me llamó a Su servicio
". Nunca lo dudé después de eso.
En mi casa, se consideraba un honor ser siervo del Señor.
Venimos de una larga línea de siervos y ministros. Por
el lado de mi mamá, soy la cuarta generación de
ministros y por el lado de mi papá Jerry, tercera. Aun
por el lado de mi papá( Francisco, segundo esposo de mi
mamá), soy tercera generación.
Mis padres siempre
nos animaban diciendo que si Dios nos había llamado al
ministerio, El se encargaría de proveer para todas nuestras
necesidades.
Cuando cumplí diez años, el 19 de mayo de 1972,
me sucedió algo que sellaría,
en cierta forma, el hecho que había sido apartado para
la obra del Señor.
Cada año
mis papás se esforzaban para llevar a la familia a pasear
a Mazatlán, México. Una mañana mi hermano,
Jerry y yo habíamos salido a jugar en el mar. Mi papá
nos había enseñado el arte de " surfear con
el cuerpo" las olas del mar. Él había sido
marinero por varios años y era un excelente nadador.
Teníamos un par de días tratando de aprender este
deporte, con algo de éxito. Tan era así, que mi
hermano y yo empezamos a sentir un poco más de confianza
de la cuenta. Jerry y yo empezamos a meternos un poco más
adentro, para buscar esa ola perfecta. Al caminar mar adentro,
había unas mesetas en las que se caminaba, haciendo muy
fácil el estar en el agua, porque no parecía que
profundizaba. De pronto, llegamos a unos vados profundos, pero
al otro ladito del vado estaba otra meseta. Así pasamos
unos tres vados y ya estabamos bastante adentro.
De pronto, lo que recuerdo es que entré confiado a otro
vado, pero este no tenía una meseta esperándome
al otro lado, sino que nunca volví a sentir el suelo. Las
olas llegaban y cubrían mi cuerpo. Empecé a luchar
por subir a la superficie. Buscaba tocar suelo con mis pies, para
usar el fondo del mar como trampolín y así lanzarme
hacia arriba. Pero no estaba funcionando. Tras una gran angustia,
logré subir a la superficie y comencé a pedir ayuda.
De reojo pude ver que Jerry estaba en la misma situación
y que ya venia mi papá para rescatarnos. Yo daba manotazos
y patadas, causando únicamente que me hundiera más
cada vez. Oí que mi papá me gritaba, "Extiéndete
sobre la superficie del agua" Intentaba hacerlo, pero estaba
muy exhausto y desesperado. Sentía que el mar me llevaba.
Supe que mi hermano
había llegado a la orilla y todos miraban con mucha atención
a mi papá que se acercaba rápidamente para rescatarme.
No puedo describir la sensación que tuve cuando sentí
la mano fuerte de mi papá que se colocó debajo de
mi cuerpo y me dio el primero de muchos empujones que me hicieron
regresar a tierra. ¡ Que alivio!
Pase mucho tiempo
sentado a la orilla del mar, reflexionado en lo que acababa de
suceder. Observaba las olas que llegaban y se iban, gracias a
Dios , sin mí.
Ese día, en la cuidad de Mazatlán, fue uno de los
momentos de los que se aprovechó el Señor para sellar
en mi vida que sólo tenemos una oportunidad en esta tierra.
Tenemos que hacer que todo cuente para Su gloria.
Sé que Dios tiene un llamado y un propósito para
tu vida. Lo importante es que tu lo sepas.